¡Teeeeeeeeeeeengo tu-lipaneeees, oigaaa!

Mi amiga Loli, que tiene un ojo que pa qué y que sabe que hay cosas que no se me dan igual de bien que otras, no sabía cómo decirme que me ve de cara un poco mustio por el frío, así que no se le ha ocurrido otra que mandarme a que le traiga unos capullos de tulipán (que, por lo que se ve, se llaman bulbos – yo no la entendía bien y, de hecho, pensaba que me estaba pidiendo con la nariz llena de mocos, porque Loli es de constiparse bastante en invierno, que le trajera un par de pulpos de los que tienen tentáculos…) de los Países Bajos, a ver si de verme rodeado por un océano de sensaciones se me arrebataba un poco el color blanco-inodoro que me adorna la tez cuando inviernea.

He regresado a Holanda por tres días después de casi once años y, la verdad sea dicha, no la he notado demasiado cambiada. Sigue siendo el mismo pueblachito lleno de angostas casas apretujadas, moteadas aquí y allá con desconchones y peligrosamente inclinadas hacia cualquier lado; de cafetarías con a, de bares de bebida en los que no se come, de bares de comida en los que no se bebe y de negocios del estilo más casposo que uno se pueda imaginar, con sus correspondiente olores, ya sean perfumados o apestosos, que de todo hay; de tiendas como Chimera, el distribuidor especializado en hadas y complementos faéricos más friki que te puedas imaginar; mucho mangui despelujado, mucho calorro local, mucho colgao de la vida, mucho perdido; señoritas, señoras y señoronas altas y rubias, solas de por vida porque, de tan sobraditas que son, se han olvidado de que una mujer es femenina no sólo en físico sino también en configuración emocional y porque los hombres holandeses se han hartado de ellas hace rato y prefieren emparejarse con mujeres normales de otras nacionalidades menos bordes, menos orangutanadas y bastantes más sonrientes; frío, agua, nieve, viento y humedad para parar un tren… Nunca me ha gustado Holanda, ni siquiera cuando vivía allí.

Me siguen resultando, sin embargo, dignos de admiración y de copia, a pesar de las incomodidades que me incomodan, un par de hechos: las buenas piernas y los buenos traseros colaterales a la cultura de la bicicleta, que ha erradicado practicamente la obesidad en toda la capital, y cómo gestionan el apego. Saben que su país es una amalgama de barro y agua infectada por una humedad que la pudre sin remedio. Sin, embargo, han sido capaces de crear una de las economías más ricas del mundo y una de las organizaciones sociales más avanzadas al menos en una parte del país, que no es tan liberal en realidad como todo el mundo cree pero en fin. Pero, por lo general, no se encadenan a lo duradero. No aprecian demasiado las cosas ni las pertenencias. Prefieren usarlas sin demasiados miramientos y dedicarse a viajar, que es cómo poseer el mundo pero en especie. No han vuelto a despuntar en lo cultural y en lo artístico después de Erasmo de Rotterdam o de la edad de oro del XVII: para qué, si va a terminar pudriéndose. Las bicicletas, cochambrosas y llenas de herrumbre, se agolpan medio tiradas por cualquier esquina, en medio de cualquier plaza, en cualquier suelo sin pared. Qué más da. Se roban o se intercambian las bikes en un auténtico festival casi folklórico. Caminan sin cesar por los mismos lugares una y otra vez. Pasean. Beben y fuman, se ausentan; en concreto, mucho; demasiado o incluso todo, en mi opinión, aunque no estoy juzgando nada. Experimentan la vida en lugar de limitarse a observarla de lejos y de hacer planes para mañana. Se estimulan en la estética, en la belleza, en los colores y en las imágenes. Se regalan flores porque son simplemente bonitas y porque quedan bien encima de la mesa.

El caso es que sí, que he comprado tulipanes para regalar. No tengo ni idea de cómo se plantan pero lo aprenderé. Cómo símbolo de una forma distinta de hacer las cosas, voy a hacer crecer unos cuantos en mi casa. Y, cuando venga alguien que necesite desapegarse de algo o de alguien, se los regalaré. Son un estupendo token emocional.

No creo que vuelva a vivir nunca en Holanda otra vez pero esta vez, al menos, me he traído los colores de los tulipanes.

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